jueves, 8 de julio de 2010

Bodas de plata sobre las tablas


Antonio Valenzuela, un actor que ha sabido viajar sobre la cresta de la ola.




POR JUAN CARLOS LEMUS


Lo que la vida nos depara lo enseña, algunas veces, a través de duras lecciones. Así le sucedió a Antonio Valenzuela, quien para llegar a ser el gran actor que hoy es se topó con dos situaciones que habrían hecho declinar a cualquiera. Pero él no era ese cualquiera, sino una persona destinada a dejarlo todo sobre las tablas.

La primera lección le llegó cuando tenía 14 años de edad. Era excesivamente tímido y, por lo mismo, detestaba el teatro, pero necesitaba ubicarse socialmente para vivir de algo, y mejor si era algo que le gustara. En esas circunstancias se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música, pero para su mala fortuna uno de los cursos era de actuación. Con sus compañeros montaron una pequeña obra española, y a él le tocó un papel del cual solo se memorizó, por rebeldía, uno de los dos actos. Cuando la presentaron en público —para el examen final—, actuó muy bien la parte aprendida, pero enmudeció en el siguiente parlamento, tanto que su maestra, Aracely Palarea de Luna, suspendió la función y corrió el telón. Sus compañeros le cortaron el habla. Aquella experiencia podría resultar hoy sencillamente anecdótica, pero para él, en su momento, fue un hecho que le provocó hondo temor y angustia. Recordemos —aunque sea por un segundo— que a nuestros 14 años ciertos problemas son más graves de lo que nos parecen cuando somos adultos. Aquel día, recuerda Antonio, ahora con 51, esperaba un grave regaño de su maestra; sin embargo, ella le dijo: “Si usted se dedicara a las artes escénicas, llegaría a ser un gran actor”. Habría preferido un castigo, porque, ya lo anticipamos, despreciaba el teatro.

Con el tiempo, abandonó el Conservatorio, debido a que tenía problemas económicos. Tuvieron que pasar 12 años hasta que se inscribió en la Universidad Popular, en 1985. No fue fácil, “tuvo que ser obra de Nuestro Señor —dice— o de alguna una fuerza oculta, porque cuando sentí ya estaba subiendo las gradas de la UP y me inscribí”. Tenía 26 años, había terminado la secundaria y trabajaba en una joyería.

Un día del primer año de estudios, un maestro le dio algo parecido a un mazazo Zen cuando lo detuvo en un corredor para decirle: “Yo le aconsejo que abandone el teatro. No creo que esto sea para usted. Mejor, dedíquese a sembrar papas”. Lo más duro fue que aquellas palabras no procedían de un maestro cualquiera, sino de alguien a quien él respetaba —justo es decir, a quien varias generaciones para entonces ya admiraban—, era el maestro Rubén Morales Monroy.

Con el ego lastimado, la timidez en ebullición y la pobreza oprimiéndole la juventud, Valenzuela recuerda que se sintió humillado y entró en depresión, pero reconoció que era el estudiante de quien menos podía esperarse que saliera un buen actor. En las clases no evidenciaba gusto por lo que hacía y no se ofrecía nunca cuando el maestro Morales Monroy les decía: “Quiero que alguien pase al escenario, quiero oír su voz”. Todos pasaban, solo Valenzuela se quedaba sentado, literalmente aplastado en su pupitre, presa de su timidez. Pensó seriamente en retirarse, porque aquel golpe resonó en su cabeza durante varios días: “Dedíquese a sembrar papas”.

Tenía dos caminos, renunciar o rascar su alma para saber si allí encontraba algún talento. Él quería hacer teatro, así que no quiso dedicarse a sembrar papas, pero tampoco demostrarle nada a Morales Monroy. Todo lo haría por sí mismo. En teoría, el maestro le hizo un favor, pero no tenía por qué agradarlo, sino demostrarse qué tan importante era para él actuar. Decidió quedarse, y su segundo año fue grandioso. Manejó su miedo escénico, poco a poco mejoró; además, tuvo muy buenos maestros, entre quienes recuerda a Míldred Chávez y Abigaíl Ramírez. Fue un proceso de varios años que continuó aún después de graduado de la academia. Solo quienes aman lo que hacen pueden comprender a cabalidad estas palabras de Valenzuela, cuando dice: “Me enamoré del teatro”. Ya sea practicando una cirugía o sembrando papas, quien ama lo que hace sabe muy bien a qué se refiere. Este 2010 celebra sus 25 años de ser actor. No habrá homenajes ni funciones conmemorativas, pues “resulta caro”, justifica. Una de las preguntas más ingratas que se le puede hacer a una persona con esa trayectoria es la que le hice, a quemarropa: “¿Cómo resume, en pocas palabras, 25 años de actuación?” La respuesta fue inmediata: “Mi vida entera”.

Quienes hemos visto actuar a Valenzuela, en roles trágicos o cómicos, sabemos de qué habla. Es un actor innato, de impresionante dicción y que sabe hacer reír tanto como proyectar el dolor de su personaje. Si bien eso es algo que deberían lograr todos los actores que se precien de serlo, en él se añade un factor muy importante, y es que transpira gozo, suda la función, echa el alma por la boca, con alegría; es poseedor de algo invisible que hace contacto con el espectador. Va más allá de la técnica. Su metro sesenta advierte que jamás actuará como Calígula o como Edipo Rey. No es un actor de grandes alardes, con laurel en la frente, que camina como diciendo “cuidado, aquí va una vaca sagrada”, sino ese imprescindible destinado a brillar como el mayordomo en la obra, o como Papá Gepetto, El pequeño Tom, un pordiosero, un granjero, Esopo, o el conde de París, papeles que ha interpretado con la dirección de personalidades como Abigaíl Ramírez, Jorge Hernández Vielman o Ana María Bravo. Muchos lo recordarán por su excelente interpretación del Santo Hermano Pedro en una producción para la televisión, dirigida por Ana María Bravo, y que fue exitosa en el 2004.

Actores como Valenzuela, que viven del teatro, tienen que actuar en comedias aun cuando quisieran fajarse en las tragedias. Mas no reniega de sus roles; al contrario, cada función es una grandiosa oportunidad para saborear el teatro. “Ese sabor es algo que raya en lo divino, semejante a la necesidad de respirar. Tengo familiares que me dicen: ¿Cómo es posible que vayás a tantos ensayos, todo el día, venís tarde, dormís pocas horas y, al final, no ganás un centavo? ¿Qué es eso? ¿Es locura? Yo sé que no es locura, es sencillamente vivir sintiendo el sabor del teatro. Me ha tocado, como a muchos otros, ensayar por meses y, al final, actuar ante solo dos o tres personas. Ya me tocó hacerlo frente a una sola, no importa, el actor tiene que hacer su trabajo perfecto para una persona o para el teatro lleno”. Pero también ha interpretado ante un auditorio a rebalsar —en El Himno Nacional de Guatemala, en 1997—.

Este año, cuando celebra sus 25 años, recuerda que tiene casi todo ese tiempo de no tomar vacaciones, pues el maestro Morales Monroy acostumbró a toda una generación a nunca descansar, ni en Semana Santa, Navidades o Año Nuevo, “no importa, no puedo darme el lujo de parar. Si Dios me permite, siempre lo celebraré en mi rutina de actuación, como hasta ahora”, dice este actor que ha sabido manejarse sobre la cresta de una extraña ola de éxitos y de frustraciones, una ola que lleva 25 años elevándose sobre la arena, a veces vacía, a veces llena, siempre gratificante.







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